‘Se vale enojarse con Dios, pero hay que decírselo’
Exhorta Juan Antonio Ruiz a mantener la fe y dialogar con Él durante la séptima misa del Novenario del Santo Cristo

Tras asegurar que la soledad es un sufrimiento particularmente difícil porque el dolor compartido pesa menos, el predicador del Novenario del Santo Cristo, Juan Antonio Ruiz, sostuvo que la fidelidad de Dios comienza con la sensación de abandono, pero concluye con la certeza de que escucha y salva.
Hoy, en el séptimo día del Novenario del Santo Cristo, dijo que Él quiere que pongamos a sus pies nuestras soledades: aquellas que los demás conocen y las que sólo Dios conoce; las heridas que nadie ve, las preguntas que todavía no tienen respuesta y los dolores que llevamos guardados desde hace años.
“Cristo quiere decirnos algo muy sencillo: no estás solo”, indicó.
Explicó que en la Cruz, Jesús quiso entrar hasta el fondo de la experiencia humana y no solamente compartió nuestro dolor físico, sino que también quiso compartir esos momentos en los que sentimos que Dios está lejos.
Recordó el pasaje bíblico de Jesús en la Cruz cuando exclamó: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”.
Manifestó que Él sabe cómo termina todo y sigue confiando, pues su grito no es de desesperación, sino que se trata de una oración pronunciada desde la noche, pero dirigida hacia el Padre.
Afirmó que en la cotidianidad hay católicos que acuden a confesarse y señalan que se enojaron con Dios, lo que, mencionó, es válido siempre y cuando se lo digan a Él.
— El Diario de Coahuila (@DiarioCoahuila) August 3, 2026
“Se vale, pero ven y díselo, cuéntaselo. Eso sí, deja que Él te responda porque Dios siempre responde, incluso a nuestros llantos; a veces tarda, Dios es muy misterioso a veces, pero siempre responde”, indicó.
“Si no entiendes a Dios, te digo -y espero que nadie se escandalice-, rétalo. Deja que Él te hable, deja que Él te escuche y te va a sorprender. Se vale enojarse con Dios, lo pongo entre comillas, obviamente, siempre y cuando vengamos y lo platiquemos con Él”, indicó.
Recordó que Cristo se humilló a sí mismo hasta la muerte, pero ahí el Padre lo exaltó y no fue el final, pues la oscuridad no tuvo la última palabra y la soledad no fue eterna.
Eso mismo, expuso, sucede en nuestra vida, pues las noches pasan, las heridas pueden sanar, las lágrimas encuentran consuelo y Dios conduce la historia hacia una plenitud que muchas veces todavía no alcanzamos a ver.
Finalmente, sostuvo que la fe no consiste solamente en confiar cuando todo va bien, sino que se aprende a confiar también cuando no se entiende; se aprende a creer incluso cuando no se siente, y se aprende a esperar cuando parece que todo está oscuro.





