Editoriales

Agua que no lava – Eduardo J. De La Peña De León

Cada año, en la temporada de lluvias, en mayor o menor medida, en Saltillo se presentan inundaciones que pueden ir desde trastornos menores hasta verdaderas tragedias.

En este 2020, a partir de las precipitaciones que en julio trajo el huracán “Hanna”, dejando pérdidas humanas lamentables y daños materiales cuantiosos, se ha mantenido en la agenda social y mediática el tema de las carencias que hay en la ciudad en materia de infraestructura pluvial.

Las inundaciones que padecemos en Saltillo son consecuencia de diversos factores, que van desde las características naturales hasta una suma de culpas de diferentes actores e instancias.

Recordemos que la ciudad está asentada en una ladera, así que tenemos desarrollos habitacionales a dos mil cincuenta metros sobre el nivel del mar –los más altos en Lomas de Lourdes– y a mil 470 metros, al norte en Jardines Coloniales.

Un desnivel natural cercano a los 600 metros provoca desde luego que cuando llueve al sur el agua baja con gran fuerza hacia el norte.

A eso sumemos que al paso de los años se han dado asentamientos en márgenes de arroyos y se han obstruido escurrimientos naturales. Adicionalmente, el crecimiento de la ciudad implica extensas superficies cubiertas de asfalto y concreto, con lo que se ha perdido capacidad de infiltración del agua, que entonces corre por donde puede.

Nadie puede negar que ha habido desorden en el crecimiento urbano, como tampoco se puede desconocer que en la medida de las posibilidades presupuestales se han venido construyendo colectores y otras obras pluviales.

No tenemos aún toda la infraestructura necesaria, eso es cierto, y mientras no exista no podemos esperar que deje de haber inundaciones, pero tampoco es posible voltear y culpar exclusivamente a las autoridades o a los desarrolladores urbanos cuando hay otro elemento que también abona a este problema: el comportamiento social.

Basta con asomarnos a algunos de los arroyos que cruzan la ciudad para darnos cuenta de lo que arrastraron las lluvias de las semanas anteriores, entre los montones de basura podremos encontrar colchones, neumáticos y hasta algunos muebles.

Los responsables del mantenimiento a los canales pluviales han señalado en repetidas ocasiones que ahí han encontrado también muebles y todo tipo de desechos.

Las lluvias pueden dejar en evidencia las carencias de la ciudad en infraestructura pluvial, pero sobre todo están dejando en evidencia a la propia comunidad que en forma indolente sigue arrojando basura a los arroyos.

De unos años para acá el sistema de recolección de basura funciona en niveles bastante eficientes, no se puede echar la culpa a eso, es una cuestión estrictamente de responsabilidad social.

En este problema estamos involucrados todos, unos tiran la basura donde no deben, otros se dan cuenta y voltean la cara.

Ese es el cambio que debemos de buscar los ciudadanos, hacia una actitud de compromiso cívico, sentido común y respeto. ¿Se podrá?

edelapena@infonor.com.mx

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