Editoriales

LA REFLEXIÓN DE ESTE VIERNES
Deja que tu espíritu te inspire – Dr. Jorge Fuentes Aguirre

En este tiempo de reclusión domiciliaria por el coronavirus, reitero lo que afirmo en mis libros y mis conferencias: enferma uno de su cuerpo, pero de “lo demás” estamos bien. Porque no somos un cuerpo con espíritu dentro.

Somos espíritu con un cuerpo por fuera. Pero, ¿qué es eso de “el espíritu? Si tú me lo preguntas, no lo sé. Si no me lo preguntas, sí lo sé. Así es: el espíritu pertenece a lo que tenemos de inefable porque sobrepasa las palabras.

Queda en otra dimensión de las evidencias que se pesan, se miden y se demuestran, por ejemplo, de las matemáticas, que ante el espíritu dejan de ser exactas.

Para el mundo uno más uno es igual a dos, pero tal certeza no vale para la esencia humana, y lo voy a demostrar a través de Benedetti, quien desmiente a la precisión de la Aritmética al declararse a una mujer: “Te quiero así porque sos / mi voz, mi vida y mi todo, / y en la calle codo a codo, / somos mucho más que dos”.

Cuando hombre y mujer se casan, entran al templo siendo dos. Cuando salen recién casados, ya no son dos, sino uno. Conste, esto es palabra de Dios, no mía: “Se unirá el hombre a su mujer y serán los dos una sola carne”. El espíritu desbarata también los axiomas de la geometría.

Enuncia uno de ellos que “El camino más corto entre dos puntos es la recta que los une”. León Felipe, ese genio de poeta, contradice a los geómetras mostrando que el camino más corto entre el hombre y la luz es la parábola: un decir que se eleva de lo mundano hasta ser tocado por Dios, para bajar, ya divinizado, a iluminar la entraña espiritual.

Por esa cualidad de ser terrena y a la vez sobrenatural, la parábola fue el instrumento de enseñanza predilecto de Jesucristo durante sus tres años de campaña evangelizadora por los campos de la Galilea. Pues bien, yo que trato de ser inseparable discípulo de mi Señor Jesús, le pedí permiso para escribir desde mi pequeñez humana una parábola que Él me inspiró.

Ya que estamos en época de exploración espacial, le llamé “La Parábola del Extraterrestre”.

En ella me brota decir—: El Reino de los cielos es semejante a un extraterrestre que aterrizó un día cerca de una ciudad del mundo, y tomando a un ser humano, lo subió a su platillo volador y se fue con él rumbo a una galaxia muy lejana.

Después de viajar mucho por distancias siderales, llegó con el ser humano a su constelación, y lo hizo bajar de su nave espacial. Fue entonces que le dijo estas palabras: –Escúchame bien, hombre de tu mundo, soy pacífico y no pretendo hacerte mal.

Deseo que tu vida continúe aquí, en mi planeta. Sé lo que necesitas para sobrevivir aquí: oxígeno para respirar, comida para nutrirte, vestido para cubrirte. Todo eso lo tendrás, pero quiero que me contestes esta pregunta: ¿Qué necesitas tener aquí de lo que dejaste allá en la tierra para que tú sigas siendo un ser humano?

Muchas cosas pasaron por la mente del hombre para contestar: pensó en decirle que necesitaba su casa y su automóvil, mas recapacitó que su automóvil ni su casa le hacían ser un ser humano. ¿Necesito mi guardarropa, mis aparatos para diversión? Tampoco por esas cosas materiales era humano.

Entonces, se le clarificó en su entraña la respuesta, y dijo al extraterrestre: –Ahora tú, extraterrestre, escúchame bien. Para yo seguir siendo un ser humano, necesito tener aquí conmigo a mi familia y al amor de mi vida que se me quedó allá. Necesito mis sentimientos, mi vida de afectos para querer, para convivir en el afecto con los demás. Necesito servir a quien me necesita, a mis amistades a quienes amo tanto.

Necesito mi fe en Dios, mi cercanía con su Hijo Jesucristo. Necesito mi soledad interior para hablar conmigo en mi intimidad y encontrarme con Dios en la oración. Necesito mi esperanza en una Vida Eterna. Con ello el extraterrestre comprendió que la vida de aquel hombre, de todos los hombres sobre la tierra, no depende de los bienes que el dinero compra, sino de lo que contienen el espíritu y el corazón del hombre.

A propósito del espíritu, el domingo próximo la Iglesia Universal celebra la festividad de la Venida del Espíritu Santo. Cursando la Preparatoria en mi siempre recordado Ateneo Fuente, tuve entre mis maestros uno que fue el único que me ha reprobado en todos los cursos de mi vida académica. Con él saqué un dos en Matemáticas. Pero ¡qué paradojas de la vida!, andando el tiempo llegamos a ser íntimos amigos.

Vengo refiriéndome a mi maestro Don Eutimio Cuéllar y Goríbar, reconocido matemático en el país y alto poeta místico. Ahora memoro a mi querido “Timo” porque en una de mis visitas a su casa me regaló su poema “Pentecostés”, que compuso un atardecer después de rezar su Rosario.

“Huésped ardiente, / si a tu venida Cristo convida constantemente, / si en ti se siente la fe encendida, / siembra mi vida con tu simiente. Concede luego que yo cultive tu santa mies. / ¡Préndeme fuego con tu lenguaje, Pentecostés!”.

El sacerdote jesuita Amado Anzi, argentino, realizó la proeza de versificar todo el Evangelio según San Mateo utilizando el hablar criollo de la pampa. Llegué a conocer esa obra benemérita gracias a mi inolvidable amigo el Ing. Armando de la Peña y su esposa Lina Munch, amiga en mi afecto, quienes me lo trajeron de Buenos Aires. Aquí escribo el pasaje de “La Venida del Espíritu Santo”, insertado en tan excepcional obra.

“Estaban todos reunidos, cuando de repente un día, un ruido que parecía como un impetuoso viento, les invadió en un momento las casas’onde vivían.

“Como unas lenguas de fuego aparecieron ardientes, que sobre cada asistente caiban como por encanto, y quedaban los presentes llenos de Espíritu Santo. “Se jueron a predicar por el mundo con urgencia, pa’que tuviera nacencia el Evangelio divino, ‘onde se encuentra la esencia de nuestro eterno destino.

“Ansina Dios vio a ser nuestro Padre y redentor. Si bajó tanto el Señor pa’llegar al ser humano, no halló otra razón a mano, sino que Dios es Amor. “Nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Le doy gracias, Tata Dios, que hasta el fin me dio la voz pa’terminar este canto”.

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